El choque de un jugador africano con la realidad del fútbol checo
La liga checa suele presentarse como un espacio de crecimiento para los futbolistas extranjeros: salarios estables, minutos garantizados y un entorno competitivo. Sin embargo, para algunos jugadores africanos, esa promesa se desvanece en cuanto pisan las gradas. Lo que encuentran allí no es el ambiente de una liga moderna, sino estadios donde los insultos raciales aparecen con inquietante facilidad y donde la reacción institucional se diluye antes de empezar. El caso más reciente volvió a plantear una pregunta incómoda: ¿qué ocurre realmente en un estadio checo cuando el jugador no es blanco?
Alexis Alégué, nacido en 1996 en Yaoundé, capital de Camerún, se formó en Francia, debutó con el FC Nantes en Ligue 1 y pasó por Tours FC y Rodez AF antes de llegar a Moravia en 2022 para jugar con MFK Vyškov. Su trayectoria avanzaba sin sobresaltos hasta que, en 2023, firmó con Jablonec y apostó por una estancia larga en la primera división checa. Renovó hasta 2028 buscando estabilidad y minutos de juego. Lo que encontró fue distinto: un entorno donde el racismo en las gradas no es un incidente aislado, sino un patrón. En menos de dos años, según él mismo declaró, ha sufrido cinco ataques racistas durante partidos oficiales.
El episodio del sábado: sonidos de mono desde la grada
El incidente más reciente ocurrió el sábado, en Hradec Králové. Cuando fue sustituido en el minuto 72, un grupo de aficionados locales comenzó a imitar sonidos de mono, un insulto racista habitual en el fútbol europeo. Desde la tribuna, los gritos eran claros, repetidos y fácilmente reconocibles. Nadie intervino.
Alégué protestó, señaló la grada y pidió al árbitro que detuviera el partido. La respuesta que recibió ,proveniente del entrenador, fue lapidaria: “no es nada”. Esa frase no solo negó el ataque: confirmó la normalización del racismo en el entorno deportivo. La grada, que escuchó el insulto completo, tampoco reaccionó.
No está claro si la transmisión televisiva captó el momento exacto del ataque o si, aun haciéndolo, decidió no mostrarlo. Lo cierto es que ninguna cadena lo destacó ni lo convirtió en noticia, un silencio que, en cualquier país con protocolos reales contra el racismo, sería impensable. La liga, como en tantas ocasiones, se limitó a anunciar que “investigará”, una fórmula que rara vez produce consecuencias concretas.
Racismo normalizado y un sistema que mira hacia otro lado
Lo que preocupa no es solo la repetición de ataques: es la pasividad generalizada. En Chequia, los estadios siguen siendo espacios donde quienes profesan ideas racistas se sienten en casa. No es casual. Es consecuencia de un sistema deportivo y político que, durante años, ha permitido que la ultraderecha ocupe espacios de influencia sin enfrentar reacciones claras. La policía resta importancia, los clubes publican comunicados neutros y los entrenadores evitan la palabra “racismo”. El gobierno, enredado en conflictos internos, rara vez interviene con seriedad.
La llegada al poder de la coalición ANO–SPD–Motoristé sobě reforzó este clima. Figuras como Okamura, Macinka, Turek, Babiš y varios dirigentes del PRO han legitimado discursos ultranacionalistas y narrativas abiertamente raciales. Para muchos extremistas, el resultado electoral fue una señal: ahora podían actuar con más confianza, en las calles, en redes, en los estadios, sin temor a consecuencias.
El futuro incierto de Alexis Alégué bajo el peso del racismo en el fútbol checo
En este entorno, las opciones de Alégué se reducen a dos: resignarse o adaptarse a un clima hostil donde tendría que soportar actos como este con frecuencia, o marcharse, como ya hicieron otros futbolistas extranjeros que llegaron buscando estabilidad y encontraron un país donde el racismo es estructural. Muy pocos jugadores soportarían jugar con la espada del racismo sobre sus cabezas. La humillación repetida desgasta, provoca ansiedad, alimenta la sensación de vulnerabilidad y erosiona la motivación profesional.
En estadios o trenes, el racismo viaja sin obstáculos
El racismo no afecta solo al fútbol profesional. El reciente ataque contra los niños romaníes del club Mongaguá en un tren, donde fueron insultados con gritos como “negro” y “egipcios”, muestra que la violencia racial atraviesa todas las edades y espacios.
En el contexto checo, “egipcios” es un eufemismo racista que ciertos sectores utilizan para evitar decir “gitanos” o “romaníes”. Es una forma de insultar sin pronunciar abiertamente la palabra estigmatizada, una táctica común para esquivar la condena pública y mantener el discurso de odio enmascarado.
Para muchas familias romaníes, ir a un estadio implica un riesgo real. No solo temen insultos: temen agresiones físicas. Mientras parte de la población puede animar sin mirar por encima del hombro, ellos deben calcular rutas de salida, prever riesgos y enseñar a sus hijos cómo reaccionar si son atacados. Esa desigualdad es el núcleo del problema.
Alégué no es un caso aislado
Alégué no vino a Chequia a liderar un debate sobre racismo. Vino a jugar fútbol. Pero su experiencia terminó revelando algo que muchos viven y pocos se atreven a denunciar: un problema estructural que las instituciones han preferido ignorar. Su caso no es una excepción, sino un espejo de una realidad que supera lo deportivo.
Mientras el racismo estructural e institucional no se combata desde el propio Estado, con leyes claras, aplicadas y no solo escrita, y mientras se siga minimizando, ocultando o relativizando estas conductas, presentes tanto en los estadios como en la vida cotidiana, episodios como este continuarán ocurriendo. Y si nada cambia, no será sorprendente que el país tenga que lamentar otras desgracias.
