Durante años viví en modo supervivencia, como tantas personas que pasan demasiado tiempo bajo presión y desgaste emocional constante. Uno aprende a resistir y a seguir adelante, pero el cuerpo nunca descansa realmente.

Solo cuando llegué a España entendí lo que significaba volver a sentir un verdadero estado de calma.

Modo supervivencia

El ambiente hostil, tóxico y xenófobo en el que vivía mantuvo a mi cuerpo durante años en modo supervivencia. Ahora, lejos de esos entornos, ha entrado por fin en un estado de calma y recuperación.

Después de casi 16 años de exilio en Republica Checa, encontré la paz que siempre creí merecer, pero que me costó más de una década alcanzar.

El cuerpo humano no está hecho para vivir demasiados años en modo de lucha y huida. Cuando una persona pasa tanto tiempo bajo miedo, tensión, ansiedad o vigilancia constante, el organismo deja de descansar realmente. No se repone, no se sana; simplemente sobrevive.

Con el tiempo, esa presión termina apareciendo en forma de agotamiento físico, dolores, insomnio, problemas respiratorios o enfermedades que muchas veces los demás no logran comprender.

Por eso, cuando finalmente aparece un entorno de paz, el cuerpo y la mente empiezan lentamente a repararse por sí solos. Como si el organismo entendiera al fin que ya no necesita mantenerse preparado para sobrevivir cada día.

España y la sensación de paz

España no es un país perfecto. Está lejos de serlo. Pero es la antípoda de la República Checa en algo esencial: aquí se respira paz, tolerancia y solidaridad.

Después de años viviendo en un ambiente de tensión constante, uno nota la diferencia incluso en los pequeños detalles cotidianos: la forma en que la gente habla, ayuda o simplemente convive sin mirar al extranjero como una amenaza permanente.

Si algo tuviera que criticar de España, sería precisamente eso: a veces se pasa de buena. Acoge como Dios a buenos, malos y regulares.

Tampoco quiero idealizar España ni vender una imagen falsa. Aquí también existen burocracia agotadora y situaciones difíciles, especialmente cuando uno llega vulnerable, sin estabilidad o necesitando trabajo. Yo misma tuve momentos complicados y diferencias con algunas personas, pero incluso así, cuando necesité ayuda, muchas veces la recibí.

En términos generales, la experiencia que he tenido en España ha sido positiva y humana.

De hecho, siendo honesta, las situaciones difíciles que viví fueron episodios puntuales y no representan la actitud general de la sociedad española ni de la mayoría de las instituciones con las que he tenido contacto. Al contrario: muchas personas, incluso en oficinas públicas y áreas gubernamentales, me trataron con respeto, empatía y normalidad.

Aquí también existen, como en todos los países, personas buenas y malas. Pero, en su gran mayoría, el pueblo español me ha parecido afable, amable y solidario.

Y esa diferencia, cuando has vivido tantos años bajo presión, se nota muchísimo.

También redescubrí algo que había olvidado durante años: la vida social normal. Algo tan simple como salir a tomar un café con nuevas amigas, conversar sin miedo, reírse de tonterías o sentir que uno pertenece al lugar donde está.

Puede parecer una cosa pequeña para quien nunca vivió bajo tensión constante, pero para alguien que pasó años aislada emocionalmente, siempre alerta y desconfiando del entorno, esos momentos tienen un valor enorme.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que no tenía que justificar mi existencia, explicar quién era o defenderme antes incluso de hablar. Simplemente podía sentarme, conversar y disfrutar la compañía de otras personas como cualquier ser humano normal.

A veces la paz no llega en grandes acontecimientos. Llega en cosas sencillas: un café tranquilo, una conversación sincera, una tarde sin miedo o la sensación de que, por unas horas, el cuerpo finalmente puede descansar.

Inmigración y seguridad

Pero también sería deshonesto ignorar una preocupación que hoy comparten muchos españoles, especialmente en ciudades grandes como Madrid o Barcelona: la sensación creciente de inseguridad y descontrol.

Una parte importante de la población relaciona ese problema con la inmigración masiva y con la falta de controles eficaces por parte del Estado. No pocas personas sienten que las autoridades fueron demasiado permisivas durante años y que, en algunos casos, se permitió la entrada o permanencia de individuos sin revisar adecuadamente antecedentes penales, identidades o historiales violentos.

Eso ha provocado tensión social y un aumento de la desconfianza en determinados barrios, donde muchos vecinos perciben que la convivencia cambió demasiado rápido y sin planificación. Ignorar esas preocupaciones o descalificar automáticamente a quien las expresa como “racista” tampoco ayuda a resolver el problema.

La solidaridad y la tolerancia son fundamentales, pero necesitan ir acompañadas de orden, control y responsabilidad institucional. Un país puede ser humano sin renunciar a proteger la seguridad y la estabilidad de quienes viven en él.

Chequia, rigidez, control y silencio

En Chequia ocurre casi lo contrario. Allí existe un control migratorio mucho más rígido y organizado, pero llevado a un extremo que muchas veces termina convirtiéndose en exclusión social. El sistema funciona, sí, pero con frecuencia transmite al extranjero la sensación de que jamás dejará de ser visto como alguien ajeno.

Incluso quienes llegan legalmente, trabajan, pagan impuestos o tienen protección internacional terminan enfrentándose a una barrera invisible difícil de explicar a quien no la ha vivido. No se trata solo de trámites o normas estrictas, sino de una frialdad social e institucional que hace que muchos extranjeros vivan durante años sintiéndose tolerados, pero no realmente aceptados.

Mientras en España el problema puede ser el exceso de permisividad y la falta de control en algunos ámbitos, en Chequia el problema parece ser el contrario: un modelo tan obsesionado con el orden y el control que a veces pierde la capacidad de tratar al extranjero como un ser humano normal.

Especialmente en Chequia, llega un momento en que da igual que el extranjero esté legal, trabaje, pague impuestos o lleve años viviendo allí. Muchas minorías y extranjeros terminan sintiéndose permanentemente observados, cuestionados o fuera de lugar, tanto a nivel social como institucional. Con el tiempo, esa sensación de exclusión deja de parecer algo excepcional y se convierte en parte de la vida cotidiana.

El mar, el cuerpo y la memoria

El clima también influye más de lo que mucha gente cree. Después de tantos años de cielos grises, frío, tensión y encierro emocional, volver a sentir el sol, el ruido de las calles, las terrazas llenas y la vida en movimiento tuvo un efecto enorme en mí.

La comida, el ambiente y la forma de relacionarse de los españoles me recordaron cosas que llevaba años extrañando sin darme cuenta. Aquí la gente habla más, se ríe más, comparte más. Existe una cercanía humana que mi mente y mi cuerpo necesitaban desesperadamente después de tantos años viviendo en un entorno frío y distante.

A veces no se trata solo de política o economía. También se trata de cómo un país hace sentir a las personas que viven en él. Y yo llevaba demasiado tiempo necesitando precisamente eso: calidez humana.

El mar aquí tiene un encanto difícil de explicar. Para un cubano, el mar no es un lujo ni un paisaje bonito: es una necesidad emocional. El cuerpo y la mente reconocen enseguida el aire con olor a salitre, la humedad, la brisa y ese sonido constante de las olas que parece limpiar algo por dentro.

Después de tantos años lejos de un entorno así, sentí como si mi cuerpo empezara poco a poco a despertar de un agotamiento acumulado durante demasiado tiempo. Aquí el aire se siente distinto, más limpio, más vivo. Mi mente se calmó, los pulmones empezaron a responder mejor y hasta los dolores físicos que llevaba años arrastrando comenzaron a desaparecer.

Desde que llegué aquí, el asma prácticamente no volvió a darme problemas. Y aunque muchos pensarán que es casualidad, yo no lo creo. El cuerpo también guarda memoria del sufrimiento, del miedo y de los lugares donde vivió bajo presión constante.

Llegué a España prácticamente con la ropa puesta, mis medicamentos para el asma y sin tener un solo contacto. Sabía que si no salía pronto de aquel entorno, quizás jamás tendría fuerzas para hacerlo después.

Reuní lo último que me quedaba de energía y me marché hacia lo desconocido, sin garantías, sin seguridad y sin saber realmente qué iba a pasar conmigo.

Y aunque hoy sigo aquí sin saber si será de manera temporal o para siempre, y mi situación todavía está lejos de ser perfecta, descubrí algo que ya no quiero volver a perder: la paz. Honestamente, prefiero esta tranquilidad sencilla de España, aunque no pueda ofrecerme grandes cosas materiales, antes que regresar a una vida marcada por el miedo, la tensión y el desgaste constante.

Quiero agradecerle a España por acogerme sin preguntas, sin conocerme y sin hacerme sentir una carga. Llegué prácticamente desde cero y, aun así, encontré algo que durante muchos años pensé que había perdido: paz, tranquilidad y, sobre todo, un verdadero estado de calma.

Y también quiero agradecerle a Chequia. A pesar de las promesas que nunca se cumplieron, del dolor, de los años difíciles y de todo lo que tuve que soportar allí, ese país terminó enseñándome algo importante: mi propia resistencia. Viví demasiados años en modo supervivencia, y aun así no me derrumbé.

Durante mucho tiempo guardé silencio sobre muchas de las cosas que viví allí. Parte de esa experiencia la conté en la crónica “15 años de silencio”, porque entendí demasiado tarde que callar también enferma.

Pero incluso en medio de todo aquello, aprendí algo que hoy valoro más que nunca: seguir adelante. Me hizo más fuerte, más resiliente y más consciente de hasta dónde puede llegar un ser humano cuando no le queda otra opción que resistir. Aprendí a sobrevivir, a no rendirme y a seguir caminando incluso en los días más amargos.

Y si algo nunca me faltó en todo ese camino, fue la fe en Dios.

Por cronicasexilio

Journalist and human rights defender. Currently in exile in Europe, where I continue to denounce discrimination, racism, and the rise of neo-Nazism. In this space, I share chronicles, investigations, and reflections from the perspective of resistance.

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