Red de reclutamiento ruso bajo el pretexto del antifascismo
El antifascismo, engaño ruso, se ha convertido en una herramienta de reclutamiento encubierto. Bajo ese lema, Moscú capta jóvenes extranjeros, promete trabajo o formación y los envía a la guerra en Ucrania. Desde Cuba hasta Argentina, las redes sociales difunden ofertas falsas que terminan en entrenamiento militar. Este reportaje revela cómo Rusia utiliza el discurso del antifascismo para disfrazar una red global de mercenarismo y control ideológico.
Guerra fratricida y el papel de Cuba y Europa
La invasión rusa a Ucrania comenzó el 24 de febrero de 2022, tras años de tensión por el control del Donbás y la expansión de la OTAN hacia el este. Desde entonces, la guerra ha causado más de medio millón de muertos entre soldados y civiles de ambos bandos, según estimaciones cruzadas de la ONU, medios occidentales y fuentes rusas. Millones de ucranianos fueron desplazados y centenares de ciudades quedaron destruidas.
A pesar de ese saldo devastador, Rusia sigue sosteniendo su ofensiva con una red internacional de reclutamiento que provee combatientes desde países aliados o dependientes. Entre ellos, Cuba ocupa un papel clave: su gobierno permite que ciudadanos pobres sean enviados al frente bajo contratos falsos, mientras mantiene relaciones políticas y comerciales con la Unión Europea, que continúa tratándola como un socio diplomático “normal”. Esa contradicción —una dictadura que exporta carne humana a una potencia invasora mientras Europa guarda silencio— resume la hipocresía del escenario actual.
RECLUTAMIENTO CONFIRMADO: LA MAGNITUD DEL MERCENARISMO CUBANO
Según la revista Forbes, Rusia ha incorporado a unos 20 000 ciudadanos cubanos a sus filas, de los cuales más de 1 000 ya combaten en Ucrania. La información fue confirmada por un diputado de la Rada Suprema de Ucrania, quien aseguró que las fuerzas ucranianas han abatido a unos 40 de esos combatientes y poseen sus pasaportes como evidencia.
El funcionario explicó a la publicación que el objetivo del Kremlin es mostrar al mundo que cuenta con aliados leales, incluso en el hemisferio occidental, y sostener la narrativa del “voluntariado antifascista”.Para los cubanos reclutados, el incentivo principal no es un salario real, sino la promesa de uno.
Medios como Forbes repiten las cifras que Rusia difunde —montos supuestamente altos frente al ingreso promedio en la isla—, pero la mayoría de esos pagos nunca se concreta. Los reclutas firman contratos en ruso sin comprender las condiciones, entregan sus pasaportes y quedan bajo control militar. Una vez dentro del sistema, no tienen derecho a retirarse ni garantía de retorno.
Para los cubanos reclutados, el supuesto incentivo es la promesa de un salario alto y estabilidad en Rusia. En realidad, muchos son víctimas de engaño: llegan creyendo que trabajarán en la construcción o en fábricas y terminan en unidades militares. La mayoría no habla ruso y firma contratos que no entiende, sin traductores confiables ni asesoría legal. Esos documentos los atan al ejército durante meses o años. Una vez dentro del sistema militar ruso, no pueden regresar, no cobran lo prometido y pierden control sobre sus propios pasaportes.
Mal uso de la palabra antifascismo
De concepto ético a herramienta de propaganda
Moscú usa la palabra antifascismo, convertida hoy en instrumento de propaganda y reclutamiento militar, para justificar su agresión contra Ucrania y captar jóvenes extranjeros bajo la promesa de un ideal moral.
El Kremlin promueve el llamado “voluntariado internacional antifascista” en redes sociales y universidades extranjeras. Bajo esa etiqueta oculta contratos en ruso, ofrecimientos económicos y supuestos programas humanitarios que terminan en entrenamiento militar. Muchos de los reclutados proceden de países democráticos: estudiantes, migrantes o desempleados que creyeron en la idea de ayudar a una causa justa y acabaron en Donetsk o Lugansk con un fusil en la mano.
El falso dilema moral
El mensaje es simple y peligroso: todo aquel que se opone a los intereses rusos es “fascista”. Esa lógica binaria permite deshumanizar a pueblos enteros, borrar los límites entre defensa y agresión y presentar la invasión como misión moral. En nombre del antifascismo, Rusia difunde una ideología que reproduce las mismas formas de odio que dice combatir.
La manipulación del término divide sociedades, expande el racismo político y legitima la violencia bajo una narrativa de justicia. Al usar el antifascismo como excusa imperial, el Estado ruso vacía su contenido ético y lo convierte en herramienta de manipulación global.
Desde el discurso ideológico hasta la práctica concreta, la maquinaria del reclutamiento ruso funciona con precisión y engaño.
RECLUTADOS EN RED: COMO RUSIA CAPTA JÓVENES POBRES A TRAVÉS DE INTERNET
Las redes sociales son hoy el principal campo de reclutamiento del ejército ruso fuera de sus fronteras. Telegram, Facebook y VKontakte alojan decenas de perfiles que ofrecen empleo en Rusia, formación técnica o contratos con “empresas de seguridad”. Detrás de esos anuncios hay oficinas de intermediarios que operan con impunidad desde Moscú, Kazán o Rostov.
El blanco principal son jóvenes pobres de países con crisis estructural. Cuba encabeza la lista: cientos fueron contactados con promesas de trabajo en la construcción o el mantenimiento de bases militares. Al llegar, los trasladan a centros de adiestramiento donde firman contratos en ruso, sin traducción oficial y con cláusulas de permanencia obligatoria. Los que intentan desertar son amenazados o devueltos a la línea de combate.
Los testimonios recogidos por medios independientes y familiares confirman el patrón: falsos empleos, pasaportes retenidos, vigilancia constante y condiciones precarias. A cambio, sueldos que nunca se pagan íntegros y la promesa de una residencia rusa que casi ninguno obtiene. Las autoridades de La Habana niegan toda participación, pero los vuelos regulares entre Varadero y Moscú continúan sin control, y la cifra de cubanos muertos en el frente sigue aumentando.
El fenómeno ya no se limita al Caribe. Rusia ha extendido su red de captación por toda América Latina.
LATINOAMERICANOS EN EL FRENTE: DE ESTUDIANTES A SOLDADOS
El caso del argentino Gianni Dante Bettiga, documentado por Clarín (5 de noviembre de 2025), muestra cómo el reclutamiento ruso traspasa el hemisferio y alcanza a jóvenes de países democráticos. Gianni viajó a Rusia con visa de estudiante para aprender el idioma. En la universidad de Ekaterimburgo conoció a dos brasileños que lo convencieron de firmar un contrato con una “empresa privada” que ofrecía residencia y salario. El documento estaba en ruso, sin traducción. A las tres semanas, tras un breve entrenamiento militar, fue enviado al frente de Donetsk.
Su historia repite el mismo guion visto en Cuba y en África: manipulación económica, opacidad contractual y un discurso ideológico que justifica la guerra como “lucha antifascista”. Bettiga pidió a su familia que lo ayudaran a salir del ejército; su padre envió una carta al ministro de Defensa ruso invocando razones humanitarias. Hasta hoy no ha obtenido respuesta.
Otros jóvenes de América Latina han sido captados por las mismas vías: anuncios en redes, promesas de empleo y cobertura de gastos. En Perú, Brasil y Venezuela se registran reclutamientos similares, en algunos casos a través de supuestas academias de idioma ruso. Los mecanismos son idénticos: contratos sin asesoría legal, entrenamiento obligatorio y traslado inmediato a zonas de combate.
Detrás del “voluntariado internacional antifascista” hay un sistema global de mercenarismo moderno que usa la precariedad como combustible. En cada país cambia el acento del reclutador, pero no el resultado: jóvenes pobres enviados a morir por una bandera ajena.
Las historias cambian de país, pero chocan con la misma impunidad. El marco jurídico internacional existe, pero nadie lo hace cumplir.
MERCENARISMO, NEGACIÓN Y RESPONSABILIDAD DE LOS ESTADOS
El reclutamiento de civiles extranjeros para participar en conflictos armados está prohibido por el Artículo 47 del Protocolo I de Ginebra y por la Convención Internacional contra el Reclutamiento, Uso, Financiación y Entrenamiento de Mercenarios (ONU, 1989). Ambos instrumentos definen como mercenario a toda persona que participa en hostilidades motivada por beneficio privado, no por obligación nacional ni causa legítima de defensa.
Rusia es Estado parte del Protocolo I y, por tanto, está obligada a abstenerse de reclutar extranjeros con fines bélicos. Lo hace de forma sistemática.
La contradicción es evidente: mientras el Kremlin firma tratados que prohíben el mercenarismo, crea estructuras que lo facilitan. Empresas militares privadas como Wagner Group y sus derivados actúan como intermediarios legales entre los contratistas rusos y los jóvenes captados en el extranjero. Los contratos se redactan en ruso y se amparan en vacíos administrativos que transforman a civiles en combatientes.
En el caso cubano, la doble moral es aún más nítida. La tiranía de La Habana afirma no tener vínculos con el reclutamiento, pero mantiene una relación económica y militar con Moscú que hace imposible alegar desconocimiento. Decenas de familias cubanas han denunciado públicamente la desaparición de hijos o hermanos en Ucrania, y los vuelos regulares entre ambos países continúan. El régimen detiene a algunos de esos reclutados cuando regresan, los acusa de “mercenarios” y se presenta ante la prensa como víctima, no como cómplice.
Para los países democráticos, la responsabilidad es distinta pero no menor. No participan del reclutamiento, pero son víctimas indirectas de esta red: sus jóvenes, desinformados o engañados, terminan en ejércitos extranjeros sin amparo consular ni defensa legal. El vacío jurídico deja a los reclutados en tierra de nadie: no son reconocidos como soldados regulares ni como civiles, y pierden la protección de ambos marcos.
Rusia explota esa grieta legal con precisión. Bajo el mantra del antifascismo y la cobertura de “voluntariado internacional”, ha construido un sistema de mercenarismo global que se nutre de la pobreza, la propaganda y la indiferencia diplomática.
Detrás de cada contrato, de cada vuelo y de cada silencio estatal, queda lo más grave: las vidas destruidas.
EL COSTO HUMANO Y LA RESPONSABILIDAD INTERNACIONAL
Detrás de cada contrato firmado bajo engaño hay una familia que espera noticias. Muchos de los reclutados desaparecen sin rastro ni confirmación oficial. Los padres reciben mensajes esporádicos desde el frente, luego silencio. Los gobiernos implicados,Rusia por acción, Cuba por omisión y los países democráticos por indiferencia,comparten una misma culpa: permitir que jóvenes pobres se conviertan en material de guerra.
El impacto no se mide solo en muertos. Miles quedan atrapados en bases rusas sin posibilidad de regresar, sin dinero ni pasaporte. Otros regresan mutilados, con traumas físicos y psicológicos que ningún Estado reconoce. Sus nombres no figuran en registros militares ni en listas humanitarias. Son soldados invisibles de una guerra que nunca eligieron.
El derecho internacional prohíbe el mercenarismo, pero la aplicación es casi nula. Las Naciones Unidas apenas emiten comunicados, y las cancillerías democráticas se limitan a “expresar preocupación”. En ese vacío crece la impunidad: Rusia sigue reclutando; Cuba sigue negando; y el mundo sigue mirando hacia otro lado.
El resultado es una forma moderna de esclavitud militar. Jóvenes sin futuro convertidos en peones de una potencia que usa el antifascismo como bandera y el hambre como herramienta. Ningún gobierno democrático puede alegar sorpresa: las pruebas están a la vista. Lo que falta es voluntad política para detenerlo.
