
En plena campaña electoral, el 5 de septiembre de 2024, el partido Svoboda a přímá demokracie (SPD), liderado por Tomio Okamura, desplegó en Praga una campaña conjunta con sus aliados Trikolora y PRO, marcada por mensajes racistas y antiinmigración.
Los carteles, exhibidos en la Plaza de Wenceslao y en otras zonas del país, mostraban a un hombre de piel oscura empuñando un cuchillo junto a lemas que vinculaban inmigración con criminalidad.
Las vallas permanecieron expuestas durante semanas sin que ninguna autoridad ordenara su retirada.
En las fotografías captadas entonces se observan peatones y familias con niños paseando frente a las imágenes, sin reacción visible.
El mensaje de miedo y odio se integró en el paisaje urbano con total normalidad.
Las denuncias presentadas por organizaciones civiles por incitación al racismo y a la violencia no derivaron en ninguna sanción.
Praga: una vitrina pública del odio de Okamura
Algunos en Europa consideran a Tomio Okamura un patriota porque se opone a la inmigración, denuncia la llamada “invasión musulmana” y rechaza el Pacto Verde europeo.
Pero Okamura no es un patriota: es un xenófobo ultranacionalista, y según el propio tribunal checo, sus campañas han tenido tintes fascistas.
Hoy hablamos de Okamura y sus carteles xenófobos y ultra racistas, la cara más visible de una política que convierte el miedo en identidad nacional.
En pleno centro de Praga, en la Plaza de Wenceslao —el lugar más visitado por turistas en la República Checa—, se exhibieron durante semanas los carteles racistas y xenófobos de Tomio Okamura y su partido SPD.
En las fotografías se observa la escena con claridad: familias checas empujan cochecitos frente a los paneles sin mostrar sorpresa.
Los carteles más grandes muestran a un hombre de aspecto africano empuñando un cuchillo junto a la frase “Nedostatky ve zdravotnictví nevyřeší chirurgové z dovozu”, que significa “Las carencias del sistema sanitario no las resolverán cirujanos importados”.
La metáfora del cuchillo
El mensaje, firmado por el partido SPD, juega con una doble insinuación.
Bajo la frase “Las carencias del sistema sanitario no las resolverán cirujanos importados”, Okamura usa la palabra cirujanos como metáfora de los inmigrantes musulmanes.
Asocia la imagen del cuchillo con los atentados ocurridos en Europa Occidental.
Así, convierte un eslogan sobre sanidad en un mensaje de miedo racial.
En la práctica, agrupa en una misma amenaza a africanos, árabes y cualquier persona de piel oscura o de religión islámica.
Ignora que los autores de esos ataques no proceden de África y que muchos inmigrantes en la República Checa son europeos del Este o trabajadores legales sin relación alguna con la violencia.
A pocos metros, otros carteles más pequeños mostraban a niños romaníes acompañados de lemas que los retrataban como desinteresados por la escuela y dependientes de las ayudas sociales.
Manipulación subliminal
El mensaje combina dos niveles de manipulación: por un lado, asocia visualmente la violencia con la piel negra; por otro, mezcla conceptos raciales y religiosos sin base real.
Los árabes, que profesan mayoritariamente el islam, son de origen semita, mientras que los africanos subsaharianos —a quienes representa el cartel— son en su mayoría cristianos.
La elección de esa imagen no responde a un error, sino a una estrategia: usar el color de la piel como símbolo de amenaza.
La plaza, símbolo del turismo europeo, se convirtió así en una galería pública de propaganda de odio.
El ciudadano común pasa sin escandalizarse; el turista, desconcertado, quizás piense que ha llegado al país más abiertamente racista de Europa.
Una imagen así sería inconcebible en Estados Unidos o en el Reino Unido.
La piel oscura asociada a lo malo
Los carteles formaron parte de las campañas del SPD en las elecciones legislativas y europeas de 2021 y 2024.
Fueron colocados en plena oleada migratoria en Europa, cuando los atentados en varios países europeos generaban temor social.
Okamura aprovechó ese miedo para impulsar su campaña, utilizando imágenes de violencia y mensajes contra la inmigración como eje central de su discurso político.
Esa idea, repetida y amplificada en todos los medios y espacios públicos, diseminó el odio hacia quienes tienen la piel diferente hasta niveles nunca antes vistos en la República Checa.
La retórica de miedo se transformó en capital político: miles de votantes respaldaron su discurso, y en 2025 Tomio Okamura fue elegido presidente de la Cámara Baja del Parlamento.
Okamura llama ‘parásitos’ a toda una etnia

A pocos metros del cartel principal, otro anuncio del mismo partido mostraba a dos niños romaníes con la frase “Říkají, ať chodíme do školy, ale naši to mají na háku” (“Dicen que vayamos a la escuela, pero a nuestros padres no les importa”).
Debajo, el cartel añadía otra línea: “Podpora pouze pro rodiny, kde děti plní školní docházku” (“Apoyo solo para familias cuyos hijos cumplen con la asistencia escolar”).
El mensaje era inequívoco: presentar a la comunidad romaní como un grupo vago, deshonesto y dependiente de las ayudas sociales.
Tras la aparición pública de estos carteles, el discurso de odio contra los romaníes se intensificó en todo el país.
Se repitieron en medios y redes sociales las mismas etiquetas promovidas por el SPD: que los gitanos eran “parásitos sociales” y “una carga para el Estado”.
La propaganda de Okamura no solo explotó prejuicios existentes, sino que los normalizó al convertirlos en parte del debate político.
Confluencia
Ambas imágenes compartían el mismo propósito: asociar el color de la piel o el origen étnico con el desorden, la violencia y la falta de valores.
El diseño era deliberado: tipografía gruesa, fondo rojo o negro y el rostro del supuesto “enemigo” en primer plano.
La composición gráfica seguía un patrón constante: apelar al miedo y presentar al extranjero o al minoritario como una amenaza inmediata.
La campaña se desplegó durante semanas en estaciones de metro, carreteras y plazas públicas, incluida la Plaza de Wenceslao,donde ambas piezas coincidieron físicamente.
Esa proximidad visual —el hombre negro con el cuchillo detrás y los niños romaníes en primer plano— simbolizó la unión del mismo mensaje: el miedo racial como herramienta política.
Los anuncios fueron gestionados por la agencia BigBoard Praha, una de las mayores operadoras de vallas del país, sin restricción legal alguna.
Ningún medio estatal cuestionó el contenido. La cobertura mediática se limitó a breves notas sobre “estrategias electorales”, sin referirse al carácter abiertamente racista de los mensajes.
El segundo plano que revela más que el cartel
En las imágenes tomadas por ciudadanos y medios locales se observa otra escena: la normalidad.
Familias con cochecitos, jóvenes y turistas caminan frente a los carteles sin detenerse, algunos incluso posan para fotos cerca de ellos.
Nadie protesta. Nadie exige su retirada.
Esa calma frente al mensaje racista muestra la dimensión más inquietante del fenómeno: el racismo institucional se ha vuelto parte del paisaje cotidiano.
Esa normalización no ocurrió por casualidad, sino como resultado de un discurso político que lleva años cultivando el miedo y la hostilidad hacia el extranjero.
El miedo como estrategia electoral
El discurso del SPD se ha construido sobre la idea de que la República Checa está amenazada por una “invasión migratoria” y por el “multiculturalismo impuesto desde Bruselas”.
Tomio Okamura repite en mítines y programas televisivos que “la Unión Europea destruye la identidad checa” y que “la inmigración islámica pone en riesgo la seguridad del país”.
Ninguna de esas afirmaciones tiene sustento estadístico. Según datos del Ministerio del Interior, menos del 0,3 % de la población checa procede de países musulmanes, y los delitos cometidos por extranjeros no superan el 8 % del total.
De acuerdo con ese mismo informe, la mayoría de los extranjeros que viven en el país son eslovacos, polacos, lituanos y otros ciudadanos de Europa del Este, todos con residencia legal y sin vínculo alguno con las comunidades migrantes que el SPD utiliza como blanco de su propaganda.
Aun así, el mensaje prospera porque se reviste de patriotismo y se presenta como una forma de “defensa nacional”.
Un apoyo construido sobre el miedo
Las encuestas confirman que el SPD mantiene entre un 8 % y un 12 % de apoyo estable, suficiente para conservar presencia parlamentaria.
Sus campañas no buscan mayorías amplias, sino reforzar un núcleo ideológico movilizado por el miedo.
El partido ha ampliado su visibilidad gracias a vacíos legales en materia de propaganda racista.
Esa falta de respuesta oficial no es un detalle técnico: es la prueba de una tolerancia institucional que, con el tiempo, legitimó el discurso del odio como parte del juego político.
La indiferencia que legitima
El avance del SPD no se explica solo por su propaganda, sino por la pasividad de las instituciones encargadas de hacer cumplir la ley.
Ni la policía, ni la Comisión Electoral, ni el Consejo de Radiodifusión han emitido sanciones o advertencias por campañas que incitan al odio racial.
Las denuncias de organizaciones civiles fueron archivadas con el argumento de que se trataba de “expresión política”.
Tampoco los principales medios abordaron el tema con profundidad: se limitaron a notas superficiales sobre la campaña o los sondeos, evitando calificar los mensajes como racistas o violentos.
Esta ausencia de reacción consolidó un precedente grave.
Cuando un Estado democrático tolera públicamente la propaganda que divide a sus habitantes por color de piel o nacionalidad, deja de ser neutral: se vuelve cómplice.
La frontera entre libertad de expresión y discurso de odio se borró a fuerza de indiferencia institucional.
Impunidad
La impunidad con que se exhibieron los carteles de Okamura y sus carteles racistas y xenófobos marca un punto de inflexión en la política checa.
Lo que comenzó como propaganda electoral terminó reflejando la erosión del propio Estado de derecho.
Permitir que el odio se normalice en el espacio público no es libertad: es rendición moral.
El impacto no fue solo político, también humano.
Muchas personas de piel oscura expresaron sentirse aterradas con esta campana basada en el odio racial .Aunque viven legalmente en el país desde la época del comunismo, afirmaron que este tipo de propaganda antirracial les provoca un miedo racional: la imagen del hombre con un cuchillo asocia de manera directa la maldad con el color de la piel.
Esa misma lógica de estigmatización se repite en otros ámbitos: en las escuelas, donde aún existen decenas de centros segregados para niños gitanos, y en la administración pública, que continúa tratando la diferencia como un problema social.
Del cartel al Parlamento
La campaña de odio del SPD ya no se limita a las calles ni a los carteles.
El 5 de noviembre de 2025, Tomio Okamura fue elegido presidente de la Cámara Baja del Parlamento checo, a pesar de que la policía había propuesto cargos en su contra por incitación al odio racial durante la campaña electoral.
El mismo político que empapeló las ciudades con mensajes racistas y xenófobos ahora dirige una de las instituciones clave del Estado.
La policía nacional documentó varios carteles del SPD que asociaban a la comunidad romaní y a los migrantes con criminalidad y abuso de las ayudas sociales, y pidió que se abriera un proceso penal por “discurso de odio y promoción del racismo”.
Sin embargo, hasta hoy, ninguna fiscalía ha actuado.
El caso permanece sin resolución, y la inmunidad parlamentaria de Okamura lo protege de posibles imputaciones.
En paralelo, Okamura ha trasladado su discurso al hemiciclo.
Desde la presidencia de la Cámara repite las mismas consignas que antes lanzaba en las vallas publicitarias:
que los migrantes “invaden el país”, que los romaníes “viven del Estado” y que los refugiados ucranianos “reciben ayudas que deberían ser para los checos”.
Bajo el lema “primero los nuestros”, el racismo que antes se imprimía en carteles ahora se formula desde el podio del poder legislativo.
El gesto de la bandera
Horas después de su nombramiento como presidente de la Cámara Baja, Tomio Okamura ordenó retirar la bandera ucraniana que ondeaba junto a la checa en el edificio del Parlamento.
El gesto provocó críticas inmediatas y protestas frente al recinto legislativo.
Para sus seguidores fue una muestra de “soberanía nacional”; para el resto de Europa, un mensaje calculado: un guiño a Vladímir Putin y a la corriente prorrusa que ha crecido en parte del espectro político checo.
En un país que aún depende del apoyo europeo y del marco de seguridad de la OTAN, el símbolo fue más elocuente que cualquier discurso.
El odio institucionalizado
El ascenso de Tomio Okamura resume una transformación más profunda que una simple victoria electoral.
Lo que antes se consideraba discurso marginal —propaganda de odio, carteles racistas y consignas callejeras— hoy ocupa un lugar dentro del poder estatal.
Cuando un político investigado por incitación al racismo es elegido para presidir el Parlamento, el problema deja de ser individual: se convierte en doctrina institucional.
Las autoridades no actuaron frente a los carteles ni ante las denuncias de incitación al odio.
El sistema judicial y los organismos de control electoral prefirieron la inacción, invocando la “libertad de expresión” incluso cuando esa libertad se usaba para degradar a grupos enteros de población.
Esa tolerancia no es neutral: legitima el racismo como parte aceptable del debate público.
En la República Checa, el odio ya no necesita gritar en las calles: habla desde el micrófono del Parlamento.
Y lo que antes era propaganda, hoy es política de Estado.
