Un día como hoy,9 de noviembre de 1938, marcó un punto de quiebre en la vida de los judíos europeos.
Lo que hasta entonces había sido acoso legal y propaganda racista se transformó en violencia abierta, alentada por el propio Estado alemán.
Esa noche, el nazismo dejó de disimular su propósito.
Entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, en Alemania, Austria y los Sudetes ocupados, el régimen nazi organizó un pogromo masivo contra la población judía. La operación fue coordinada por el Ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels, con apoyo directo del Partido Nacionalsocialista, las SA, las SS y la Gestapo.
En dos días, más de 1.400 sinagogas fueron incendiadas, unos 7.500 comercios judíos saqueados y al menos 91 personas asesinadas. Se destruyeron escuelas, viviendas, hospitales y cementerios. Los bomberos tenían órdenes de actuar solo si el fuego amenazaba propiedades “arias”.
La policía alemana detuvo a unas 30.000 personas judías, enviándolas a los campos de concentración de Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen. Fue la primera detención masiva coordinada bajo el Tercer Reich.
El pretexto fue el asesinato del diplomático Ernst vom Rath en París por Herschel Grynszpan, un joven judío polaco. El régimen ya había preparado el pogromo y usó el hecho como excusa pública.
Tras los ataques, el Estado nazi culpó a las propias víctimas, impuso una multa colectiva de mil millones de marcos del Reich y prohibió reabrir los negocios destruidos.
La Kristallnacht fue el punto de no retorno: la persecución económica se convirtió en persecución física. Fue la antesala directa de la “Solución Final”.
El exterminio sistemático
Entre 1941 y 1945, el régimen nazi asesinó a seis millones de judíos europeos. La Conferencia de Wannsee, celebrada en enero de 1942, formalizó la “Solución Final de la cuestión judía”.
Los asesinatos se ejecutaron mediante fusilamientos, cámaras de gas, trabajos forzados, hambre y enfermedades. Los principales centros de exterminio fueron Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor, Belzec, Chelmno y Majdanek.(Nuremberg Trials Archives).
También fueron víctimas romaníes, opositores políticos, discapacitados, homosexuales y prisioneros soviéticos. En total, el régimen nazi causó la muerte de entre 11 y 17 millones de civiles.
Los crímenes fueron organizados desde el Estado. Ninguna matanza habría sido posible sin la colaboración de las instituciones civiles y militares que administraban transporte, registros y ejecuciones.
La complicidad social y el espejo europeo
El Holocausto no fue solo obra de Hitler ni de sus oficiales. Fue posible porque millones de ciudadanos comunes participaron o callaron.
Durante la década de 1930, la propaganda nazi enseñó a la sociedad alemana a ver a los judíos como culpables de todos los males. La discriminación se volvió parte del orden cotidiano.
Vecinos denunciaron a vecinos. Comerciantes se apropiaron de negocios “arianizados”. Profesores, médicos y jueces aplicaron leyes raciales con normalidad. La obediencia sustituyó a la conciencia.
Deshumanizar fue el paso previo al exterminio. Cuando una sociedad acepta que un grupo humano “no pertenece”, el asesinato se vuelve posible.
Ocho décadas después, Europa vuelve a escuchar ecos peligrosos. Los movimientos nacionalistas y xenófobos crecen dentro de parlamentos y gobiernos, impulsando el mismo miedo que en los años treinta: miedo al diferente.
La historia demuestra que ningún genocidio comienza con armas, sino con palabras. Y las palabras, cuando legitiman el odio, siempre terminan rompiendo cristales.
Los discursos cambian, pero la lógica es la misma: primero se señala, luego se margina y al final se destruye.
Recordar no es un acto de nostalgia, sino una forma de defensa. Porque cuando la memoria se debilita, los verdugos encuentran de nuevo su oportunidad.
