
Mientras el ministro de Exteriores checo, Petr Macinka, declaraba públicamente que no entendía por qué la embajada de la República Checa aún no se había trasladado a Jerusalén, su gobierno firmaba un mandato para que el país fuera representado en el Consejo de la Unión Europea por un ministro eslovaco con pasado en una formación neonazi, en el contexto político que hoy rodea a Macinka y su relación con el extremismo.
El contraste no es retórico. Es verificable.
Ambos hechos coincidieron en el tiempo y explican por qué el debate sobre Macinka y el neonazismo no se sitúa en el terreno del discurso, sino en el de las decisiones adoptadas.
La representación checa en el Consejo de Ministros de Medio Ambiente de la UE fue delegada en Tomáš Taraba, ministro eslovaco y miembro del gobierno de Robert Fico, que en el pasado fue elegido diputado en las listas de la Ľudová strana Naše Slovensko (ĽSNS) de Marian Kotleba, una formación ampliamente identificada como neonazi y cuyo líder fue condenado por un delito extremista.
Taraba no solo arrastra un pasado ligado a la extrema derecha: su trayectoria reciente incluye la normalización del acoso político, incluso cuando las víctimas eran menores de edad, como la hija de la entonces presidenta eslovaca Zuzana Čaputová.
Decisión unilateral
La decisión la confirmó públicamente el propio Macinka.
Firmó el mandato que permitió a Tomáš Taraba hablar y votar en nombre de la República Checa en Bruselas.
La situación es extraordinaria.
Fuentes consultadas por la agencia ČTK no recuerdan un precedente similar en al menos dos décadas de funcionamiento del Consejo de la UE.
No existía una urgencia administrativa ni un vacío técnico.
Se trató de una decisión política explícita.
El intermediario: Filip Turek
Según explicó Macinka, el acuerdo con Taraba fue previamente negociado por Filip Turek, dirigente de Motoristé sobě y figura central del bloque político que hoy gobierna. Turek se reunió con el ministro eslovaco durante una visita a Eslovaquia a comienzos de diciembre y le pidió que, en caso de ausencia del ministro checo, defendiera las posiciones de Praga en el Consejo europeo.
Macinka no solo aceptó ese esquema, sino que lo ratificó públicamente y añadió un dato clave: Filip Turek sigue siendo el candidato de Motoristé sobě al Ministerio de Medio Ambiente.
La secuencia es reveladora:
el político blindado por el gobierno pese a su historial de provocaciones con simbología nazi actúa como intermediario para delegar la representación checa en un ministro con pasado en una formación neonazi extranjera.
Jerusalén, Janucá y la hipocresía pública
Casi en paralelo a las decisiones adoptadas en el ámbito europeo, Petr Macinka participó en una celebración pública de Janucá en Praga. Allí afirmó que no entendía por qué la embajada checa aún no se había trasladado a Jerusalén. La intervención fue grabada, retransmitida y amplificada en redes sociales, donde se presentó como un gesto histórico y como señal de liderazgo moral.
A esas declaraciones no les siguió ningún decreto, resolución gubernamental ni calendario oficial. No existió un acto administrativo que respaldara el anuncio. Lo ocurrido fue una declaración simbólica, posteriormente elevada en redes al rango de hito diplomático sin sustento institucional.
Frases vacías y tolerancia con el extremismo
Hasta hoy, el traslado de la embajada a Jerusalén no ha sido aprobado formalmente. La política exterior se define mediante actos jurídicos, no mediante frases pronunciadas en actos públicos. Convertir una declaración en una decisión consumada forma parte del mismo mecanismo que permite ocultar otras decisiones reales, mucho menos presentables ante la opinión pública europea.
La trayectoria de Petr Macinka no es la de un diplomático independiente. Su ascenso se produce dentro de un bloque nacional-conservador que ha mostrado una tolerancia sistemática hacia discursos y alianzas extremistas. Esa tolerancia se ha traducido en hechos.
El blindaje político a Filip Turek y sus símbolos neonazis
Macinka ha defendido públicamente a Filip Turek cuando este fue cuestionado por el uso reiterado de simbología asociada al nazismo. En entrevistas y reportajes, minimizó la gravedad de los hechos, calificó la polémica como un “pseudoproblema” y ridiculizó las críticas en lugar de marcar una línea roja.
Ese blindaje no fue puntual ni táctico. Se mantuvo hasta las puertas del gobierno.
Investigaciones periodísticas documentaron que Filip Turek compitió durante años con un casco decorado con simbología asociada a la Luftwaffe nazi, incluida la referencia al escuadrón Jagdgeschwader 27, unidad que operó también sobre territorio checoslovaco durante la Segunda Guerra Mundial. Historiadores consultados coincidieron en que se trata de referencias inequívocas al aparato militar del Tercer Reich.
El casco no fue un hecho aislado. Existen imágenes en las que Turek aparece con candelabros con esvásticas, en poses interpretadas como saludo nazi, y declaraciones públicas en las que admite poseer objetos de las SS como “antigüedades familiares”, sin expresar rechazo ni distanciamiento. En conjunto, los hechos muestran un patrón reiterado de banalización y normalización de simbología nazi.
Macinka y el neonazismo en el entorno electoral
Ante estas señales, Macinka optó por trivializar el debate. No negó los hechos; negó su relevancia moral. En una democracia con memoria histórica, esa actitud equivale a normalización institucional.
Durante la campaña electoral, el apoyo de entornos radicalizados a Motoristé sobě fue visible en redes sociales. Circularon llamamientos explícitos al voto procedentes de personas que niegan el Holocausto, glorifican a Hitler o se identifican abiertamente con el neonazismo. No existe constancia de una condena o desautorización pública por parte del partido o de Macinka.
El silencio volvió a funcionar como aceptación.
El respaldo explícito a Turek
Según informó Novinky.cz, la negociación para que el ministro eslovaco Tomáš Taraba asumiera funciones vinculadas a la representación checa en la UE no fue improvisada tras la toma de posesión, sino que había sido preacordada a principios de diciembre durante un viaje a Eslovaquia en el que participaron Filip Turek y el presidente de la Cámara de Diputados, Tomio Okamura (SPD).
Tras asumir formalmente sus cargos, Petr Macinka confirmó públicamente que Filip Turek sigue siendo elcandidato de Motoristé sobě al Ministerio de Medio Ambiente, y sostuvo que confía en que finalmente será nombrado ministro, pese a las objeciones institucionales y al historial público de Turek.
En ese marco, las declaraciones de Macinka sobre Jerusalén y su pretendido compromiso con la lucha contra el antisemitismo, quedan severamente desautorizadas por sus propios actos. Filip Turek no ha pedido disculpas por sus gestos asociados al saludo nazi, no ha repudiado de forma clara el uso reiterado de simbología vinculada al nazismo y ha seguido banalizando esos elementos como provocación o estética personal. Aun así, Macinka no solo evita marcar distancia, sino que lo defiende activamente y lo mantiene como candidato ministerial.
No se trata de una omisión menor ni de un error de comunicación. Respaldar políticamente a una figura que no ha roto con la simbología nazi vacía de contenido cualquier gesto público en actos judíos o declaraciones sobre Israel. Cuando no hay ruptura con el extremismo, la retórica moral se convierte en coartada.
El poder ejercido sin legitimidad
Más allá de la controversia política, el episodio plantea un problema de usurpación de funciones. Filip Turek se arrogó atribuciones que no le corresponden, actuando como si ostentara competencias ejecutivas que nadie le ha conferido, ni por nombramiento, ni por mandato constitucional, ni por delegación formal del Gobierno. No se trató de una opinión ni de una mediación informal, sino de una intervención directa en la representación del Estado.
Lo más significativo no es solo la conducta de Turek, sino la ausencia de una reacción institucional clara. Hasta el momento, no consta una corrección pública, una desautorización expresa ni una rectificación formal por parte del Gobierno checo. Tampoco se ha exigido explicaciones a Petr Mačinka, quien no solo permitió el movimiento, sino que lo avaló y lo defendió públicamente, normalizando una práctica que vulnera los principios básicos de responsabilidad y jerarquía institucional.
El mensaje implícito es peligroso: las competencias del Estado se tratan como si fueran transferibles por afinidad política, sin control, sin mandato y sin consecuencias.
El uso político del simbolismo
La delegación de la representación checa en la UE a Tomáš Taraba no es un episodio aislado. Encaja en una lógica coherente: minimizar el pasado extremista propio, externalizar la responsabilidad y revestir de respetabilidad internacional decisiones que, de otro modo, resultarían difíciles de justificar.
Apoyar a Israel o participar en una celebración judía no equivale a combatir el antisemitismo. Combatirlo implica romper con quienes lo banalizan, lo niegan o lo reciclan. Implica marcar límites claros y asumir costes políticos.
Nada de eso ha ocurrido.
Tolerancia al entorno neonazi
Mientras Petr Macinka habla de Jerusalén, la República Checa es representada en la Unión Europea por un ministro con antecedentes políticos en una formación neonazi, tras una decisión adoptada a instancias de un aliado político que ha sido protegido, defendido y promovido pese a su historial documentado de uso y banalización de simbología nazi. Este hecho concentra el núcleo del debate sobre Mačinka y el neonazismo en la política institucional checa.
No se trata de una contradicción simbólica.
Se trata de una elección política deliberada y verificable.
La coherencia democrática no se acredita con gestos, velas ni declaraciones solemnes.
Se acredita rompiendo públicamente con el extremismo.
Y cuando esa ruptura no existe, cuando se sigue respaldando a quien no ha condenado ni abandonado la simbología nazi, el mensaje que emite el poder es inequívoco: el problema no es el neonazismo, sino que se lo nombre.
Nota de actualización:
Finalmente, el ministro eslovaco Tomáš Taraba,con antecedentes políticos en una formación neonazi, no representará a la República Checa en el Consejo de Ministros de Medio Ambiente de la UE. La representación checa será ejercida por el embajador y representante permanente ante la UE, Štěpán Černý.
