Cartel de IZKA con el texto “Academia, política y público”, símbolo del activismo político en universidades checas...Material promocional de la Iniciativa por una Academia Crítica (IZKA), colectivo académico checo asociado al antisemitismo docente y a la politización del entorno universitario. Fuente: IZKA.cz / uso editorial.


La Iniciativa por una Academia Crítica (IZKA) se ha convertido en el epicentro de un debate que revela cómo IZKA y el antisemitismo en Chequia han penetrado incluso en los espacios universitarios. Este grupo de docentes y estudiantes se presenta como defensor de la libertad académica, pero sus acciones y comunicados han despertado críticas por promover un discurso abiertamente parcial bajo el pretexto del pensamiento crítico.

El conflicto llega a las aulas checas

Protesta estudiantil frente a la Facultad de Pedagogía de la Universidad Carolina, en Praga, con mensajes propalestinos vinculados a IZKA y al antisemitismo docente. Fuente: Deník N / IZKA (uso editorial).
Protesta estudiantil frente a la Facultad de Pedagogía de la Universidad Carolina, en Praga, con mensajes propalestinos vinculados a IZKA y al antisemitismo docente. Fuente: Deník N / IZKA (uso editorial).

Después de la masacre del 7 de octubre de 2023, cuando los terroristas palestinos de Hamás asesinaron a más de 1 200 personas y secuestraron a unas 250 en los kibutz y pueblos del sur de Israel,incluidos decenas de jóvenes que asistían a un festival de música,muchas aulas checas dejaron de parecer universidades y empezaron a parecer trincheras.

En numerosas facultades, el intercambio de ideas sobre civismo o valores ha sido reemplazado por discursos cargados de ideología. Profesores y alumnos ya no debaten: repiten consignas que enfrentan a unos contra otros. A los jóvenes se les inculca una visión parcial del conflicto, donde Israel es siempre el agresor y los judíos el enemigo. Así, las universidades dejan de formar criterio y se convierten en campos de adoctrinamiento.

Silencio institucional y autocensura

En la FAMU, la Academia de Cine de Praga, el veterano profesor Miloš Vojtěchovský —historiador del arte, ensayista y docente con más de cuatro décadas de experiencia— lo dijo sin rodeos: entrar a la escuela llena de banderas palestinas y consignas antiisraelíes fue como revivir los años cincuenta o los primeros días del nazismo. Se sintió en peligro, no por enseñar, sino por el clima de hostilidad que lo rodeaba.
“Fotografié los pasillos cubiertos de banderas desde la planta baja hasta el tercer piso y tuve que salir casi corriendo. Temía que alguien empezara a gritarme solo por estar allí”, relató.

Por su parte, la teóloga Věra Tydlitátová, especialista en antisemitismo y profesora en la Universidad de Bohemia Occidental, narró un episodio similar en una entrevista con Seznam Zprávy. Tras una clase sobre El negocio de la calle Mayor —una película sobre el Holocausto—, varios estudiantes la acusaron de “provocar” por mencionar el antisemitismo actual y la hostilidad hacia Israel. Algunos abandonaron el aula; otros exigieron su comparecencia ante la comisión ética y anunciaron un boicot a sus clases. La docente lo definió como “acoso institucional y deformación del debate académico”.

El problema, explicó, no es una diferencia de opiniones sobre política internacional, sino el miedo que se instala en los pasillos. Cada palabra parece vigilada. Muchos profesores ya no saben qué pueden decir sin exponerse a una denuncia. Las direcciones de las facultades lo presentan como “debate abierto”, pero en la práctica se impone una uniformidad ideológica que favorece el discurso propalestino y castiga cualquier postura considerada “proisraelí” o simplemente neutral. Esa alineación no surge de convicción moral, sino del temor a ser señalado, marginado o sancionado. En las universidades checas, la presión simbólica se traduce en autocensura: quien intenta matizar o cuestionar el relato dominante corre el riesgo de ser aislado.

IZKA y antisemitismo en universidades de Chequia

Estudiantes checos con banderas palestinas durante una protesta universitaria organizada por IZKA frente a la Universidad Carolina en Praga, vinculada al antisemitismo docente en Chequia.
Protesta universitaria con banderas palestinas frente a la Facultad de Humanidades de la Universidad Carolina en Praga, organizada por integrantes de IZKA. El episodio reavivó el debate sobre antisemitismo docente en Chequia.
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Foto: Deník N / IZKA (uso editorial).

IZKA no actúa de forma marginal. Su influencia se extiende por facultades de arte, humanidades y ciencias sociales de todo el país. En su propio sitio publica listas de adhesiones y comunicados firmados por docentes de distintas universidades públicas. En la FAMU, la Facultad de Filosofía de la Universidad Carolina y la Academia de Artes, las banderas palestinas se convirtieron en parte del paisaje. Según testimonios de profesores, muchos de esos actos fueron promovidos o “bendecidos” por los senados académicos, lo que transforma un gesto político en una posición institucional. Lo que empezó como “solidaridad estudiantil” terminó legitimado por el aparato administrativo de las universidades.

La falsa neutralidad del lenguaje

En sus comunicados, IZKA usa un lenguaje aparentemente neutral, cargado de términos como “crítica”, “diálogo”, “libertad académica” o “diversidad de perspectivas”. Pero la selección de temas y el silencio sobre los atentados de Hamás revelan un sesgo ideológico evidente. Defienden “el derecho del pueblo palestino a resistir” y denuncian “la violencia israelí”, pero evitan toda referencia al terrorismo.
En sus textos, las víctimas israelíes no existen; las únicas víctimas reconocidas son las palestinas. Esa manipulación del lenguaje —presentada como pensamiento crítico— funciona como blanqueo moral: convierte el adoctrinamiento en una forma de virtud.

¿Casualidad?

Que IZKA apareciera justo después de la masacre del 7 de octubre tampoco parece casual. Nació en pleno auge del antisemitismo europeo, y su primera bandera fue Gaza. En su declaración pública dice rechazar el odio, el antisemitismo y la islamofobia. Pero en sus páginas no hay una sola condena explícita al grupo terrorista Hamás ni un llamado a liberar a los rehenes israelíes. La compasión,parece, también tiene geografía.

Omision intencional

En su web,IZKA dice nacer para oponerse a “todas las formas de racismo y deshumanización”. Sin embargo, en ningún punto menciona los actos de discriminación y odio que sufren minorías dentro de la propia República Checa: romaníes, refugiados o extranjeros. Ese silencio es revelador. El grupo elige causas que le reportan visibilidad moral, no coherencia ética. Se adueña del conflicto palestino-israelí —una realidad ajena a su entorno académico y social— y lo convierte en bandera ideológica, mientras calla ante los abusos racistas que ocurren a pocos metros de sus universidades. En nombre de la crítica, termina repitiendo el mismo patrón de exclusión que dice combatir.

Adoctrinamiento: vieja herramienta de los regímenes

Cuando el aula se convierte en trinchera ideológica, la enseñanza pierde su esencia. En los regímenes totalitarios del siglo XX, muchos profesores actuaban como activistas del poder político, más interesados en moldear conciencias que en formar pensamiento propio. Hoy, en la República Checa, se observa un reflejo inquietante: los docentes agrupados en IZKA defienden con la misma devoción una causa que ni siquiera pertenece a su entorno. El conflicto que invocan está a miles de kilómetros, en el Medio Oriente, pero lo han importado a las aulas como si fuera propio.


Con su labor partidista han contribuido a promover el antisemitismo, que se ha incrementado de forma alarmante entre los jóvenes estudiantes. Los profesores no están para reclutar, sino para enseñar. La universidad no debería ser un campo de batalla de causas políticas, sino el espacio donde se aprende a pensar con libertad. Cuando un aula adopta una bandera, pierde su función más loable: formar criterio propio.

EE. UU. corta la financiación al odio, Chequia calla ante el antisemitismo académico

El debate sobre los límites entre educación y militancia no es exclusivo de Chequia. En Estados Unidos, las protestas propalestinas en universidades como Harvard, Columbia o Stanford llevaron a una reacción política inmediata. El presidente Donald Trump propuso retirar los fondos públicos a las instituciones que toleren manifestaciones antisemitas o apologías del terrorismo, señalando que el dinero estatal no debe financiar odio ni activismo político.

En contraste, en la República Checa el gobierno guarda silencio: ni el Ministerio de Educación ni las autoridades universitarias han tomado medidas ante profesores o grupos que, desde las aulas, promueven el odio hacia Israel o justifican la violencia de Hamás. Esa pasividad institucional es, en sí misma, una forma de complicidad.

La responsabilidad institucional

El problema no es solo la militancia de un grupo de profesores, sino la permisividad de las instituciones que los amparan. En la práctica, el Estado financia indirectamente estas campañas: los salarios de los profesores y el mantenimiento de los espacios universitarios corren por cuenta del presupuesto público.
Cuando una universidad permite que sus aulas se transformen en plataformas de propaganda, deja de ser un espacio de conocimiento y se convierte en un instrumento ideológico.
Esa es la paradoja que atraviesa Chequia: un país que presume de defender la libertad de expresión, pero tolera la censura selectiva dentro de sus propias facultades.

Y sobre el tema de la financiación, la pregunta es inevitable: ¿quién financia a IZKA y con qué fin? Porque cuando los recursos públicos terminan sosteniendo discursos partidistas, la libertad académica se convierte en militancia por causas que nada tienen que ver con la enseñanza.
Lo que debería ser conocimiento se transforma en consigna política y, en este caso, alimenta el auge del antisemitismo que esos mismos docentes deberían estar ayudando a erradicar.

Además de la cuestión económica, hay otra que pocos se atreven a formular: ¿de dónde sacan tiempo estos docentes para coordinar campañas, redactar manifiestos y organizar actos políticos dentro y fuera de las universidades?
Su función es impartir clases, investigar y orientar a los estudiantes. Si gran parte de su energía se dedica a la militancia propalestina y antiisraelí, algo falla en la misión académica y en el propio país.
¿Quién regula la labor de estos profesores? ¿Existe una cámara o institución docente que supervise su conducta?
Porque si nadie lo hace, la omisión también es cómplice.


La docencia no es un púlpito ideológico, y cuando se usa como tal, se convierte en una forma de abuso institucional que debería tener consecuencias morales y, llegado el caso, penales.

Las primeras denuncias

La Iniciativa por una Academia Crítica (IZKA) no tardó en recibir críticas. Una petición publicada en 2024 bajo el título Proti akademickému antisemitismu (“Contra el antisemitismo académico”) la acusa de encubrir actitudes antisemitas bajo el disfraz de pensamiento crítico.
Los firmantes —profesores, investigadores y ciudadanos— advierten que los comunicados de IZKA “reproducen narrativas hostiles hacia Israel y relativizan los crímenes de Hamás”.p

Preocupación entre la comunidad judía

La Federación de Comunidades Judías de la República Checa respaldó esa preocupación, señalando que “el antisemitismo está creciendo y penetrando en las universidades”, y que algunos actos promovidos por docentes “no tienen nada que ver con la libertad académica”.

IZKA respondió afirmando que sus críticos “malinterpretan la intención del proyecto” y que su objetivo es “abrir espacios de debate sobre el papel político de la educación”. En su sitio web, los organizadores negaron toda motivación antisemita y aseguraron que sus acciones “buscan la justicia y la paz en Medio Oriente”.

Pero esas explicaciones no bastan. Los profesores no fueron formados para actuar como militantes políticos ni como portavoces de causas ajenas a su país.
Sus salarios provienen de fondos públicos para enseñar, no para difundir ideologías ni tomar partido en conflictos extranjeros.
Y si alguien los financia por esa labor, deberían declarar quiénes son sus patrocinadores y con qué propósito.
La transparencia no es una opción: es una obligación de toda institución que se ampara en la libertad académica.

Una organización con carta fundacional

En su propio sitio web, IZKA informa que más de 330 empleados de universidades e institutos científicos checos han firmado su declaración fundacional, vigente hasta enero de 2025. Desde su creación, el colectivo ha organizado debates públicos, campañas y eventos dentro de facultades, y mantiene un registro de adhesiones y publicaciones. Este nivel de estructura muestra que IZKA no es un grupo de debate ocasional, sino una organización con base académica e intención política sostenida.

La existencia de una carta fundacional no es en sí irregular: muchas asociaciones académicas la elaboran para definir sus principios. Lo inquietante, en este caso, es el tono y la estructura. La “declaración fundacional” de IZKA se asemeja más a un manifiesto ideológico que a un documento académico. Curiosamente, el término recuerda a la “Carta Fundacional” de Hamás, un texto de 1988 que llama abiertamente al exterminio del pueblo judío. En cambio, la carta fundacional de IZKA dice buscar el “debate crítico” sobre el conflicto palestino-israelí, pero en la práctica ha servido para legitimar y propagar el antisemitismo docente dentro de las universidades checas. Lo problemático es que esa red institucional, sostenida con fondos públicos, se utilice para promover una narrativa sesgada sobre Gaza mientras guarda silencio ante el racismo local. En ese contexto, el IZKA deja de ser un problema aislado y pasa a ser un síntoma de cómo la ideología se filtra en las aulas bajo apariencia de pensamiento crítico.

Cuando el estado financia el fanatismo

Este es uno de los efectos más visibles de IZKA y el antisemitismo docente,universidades que confunden la libertad académica con activismo político y legitiman el discurso del odio disfrazado de pensamiento crítico.

Exponen una falla profunda del sistema universitario checo: la incapacidad de separar la educación de la militancia.
Las universidades que permiten el uso político de sus aulas violan su propia razón de ser.
El Estado no puede seguir financiando a instituciones que confunden enseñanza con activismo ni mirar hacia otro lado mientras IZKA y el antisemitismo docente se normalizan en los espacios académicos. La neutralidad universitaria no es un lujo: es una garantía de democracia.

Por cronicasexilio

Journalist and human rights defender. Currently in exile in Europe, where I continue to denounce discrimination, racism, and the rise of neo-Nazism. In this space, I share chronicles, investigations, and reflections from the perspective of resistance.

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