La coalición ANO–SPD–Motoristé presentó a Filip Turek como candidato a ministro. Primero para Exteriores. Luego para Medio Ambiente. En ambos casos, el presidente Petr Pavel se negó a aceptarlo.
La oficina presidencial informó que mantiene objeciones legales a su nombramiento. No detalló cuáles. No aclaró si se trata de motivos de seguridad, reputación o conflictos de interés. Solo confirmó que no firmará su jmenování mientras existan dudas.
El rechazo no sorprende. Turek arrastra polémicas públicas, declaraciones extremas y actos que han sido analizados por la policía y por instituciones europeas. Su figura divide incluso a parte del electorado de ANO. Hay sectores que lo perciben como un riesgo para el gobierno y para la imagen internacional del país.
Un guardaespaldas con pasado extremo

El entorno inmediato de Turek refuerza esas dudas. Su guardaespaldas principal es Pavel Plešinec, ex boxeador profesional y ex candidato de la formación ultraderechista Národní demokracie, partido vinculado a antiguos cuadros de la Dělnická strana, disuelta por el Tribunal Supremo por su carácter abiertamente neonazi. La Dělnická strana fue ilegalizada en 2010 tras constatarse vínculos con ideología nazi, actos violentos, marchas organizadas junto a grupos extremistas y propaganda racial dirigida contra minorías.
En 2025, Plešinec fue juzgado por un ataque contra un funcionario municipal de 77 años en la ciudad de Bor. El hombre quedó incapacitado de por vida. La fiscalía pidió cinco años de prisión por “lesiones graves”, pero el tribunal lo absolvió por falta de pruebas concluyentes y subrayó que persistía una “cierta medida de sospecha”. Plešinec no salió reivindicado: salió absuelto porque la cámara de seguridad era insuficiente.
Ese es el hombre que acompaña a Filip Turek como escolta personal en actos públicos. No es un detalle menor. Habla del tipo de redes que rodean a quien aspira a un ministerio y del tipo de seguridad que el Estado tendría que tolerar dentro de su arquitectura institucional.
La coalición presiona. Motoristé Sobě exige una audiencia con el presidente y sostiene que no existen impedimentos legales claros. Afirman que Turek tiene derecho a ocupar un puesto en el Ejecutivo, aunque su entrada ya haya sido bloqueada dos veces.
PETR MACINKA: EL RIESGO DIPLOMÁTICO
Macinka exige al presidente que explique públicamente por qué no quiere a Filip Turek en el Gobierno. El tono es de desafío directo. No es una petición: es una presión política abierta contra la autoridad constitucional que tiene la competencia exclusiva de nombrar ministros. Esa actitud marca el registro: Motoristé Sobě no reconoce límites institucionales.
El partido lo propuso para dirigir el Ministerio de Exteriores. La nominación se mantuvo hasta el último minuto, incluso después de que el presidente vetara a Turek para el cargo. El traslado de Turek a Medio Ambiente no fue un cambio estratégico: fue un movimiento para mantener a ambos dentro del reparto de poder. Macinka quedó finalmente como el candidato principal para Exteriores.
Sus actos públicos dan contexto a por qué esa nominación es problemática. Existe un video ampliamente difundido donde Macinka manipula la bandera de la Unión Europea en tono de burla. Analistas checos lo describieron como “política infantil” y “el equivalente político de una rabieta”. Otros comentarios virales advierten que sería el primer ministro de Exteriores que hace gestos que, en un contexto menos indulgente, podrían interpretarse como incitación a quemar una bandera europea.
El patrón no termina ahí. Macinka se ha burlado de instituciones de la UE en repetidas ocasiones. Ha difundido gestos imprudentes, mensajes hostiles contra extranjeros y publicaciones con epítetos vulgares dirigidos a mujeres, incluidas figuras vinculadas a la política. También ha amenazado públicamente a la oficina estatal que multó a su partido por violar reglas de campaña. Todo queda documentado en sus propias redes.
Ese historial plantea un riesgo real para la diplomacia checa. Un ministro de Exteriores necesita interlocución directa con Bruselas, Berlín, París, Washington, la OTAN y la OSCE. Las imágenes y declaraciones de Macinka son incompatibles con esa función. No es cuestión de estilo: es una cuestión funcional. Una diplomacia que depende de la confianza no puede ser representada por alguien que ridiculiza a sus socios estratégicos.
Por eso el presidente rechaza su nombramiento. No se trata de ideología. Se trata de estabilidad institucional.
Dudas de seguridad y un veto respaldado por la opinión pública
Los sondeos reflejan el clima social. Una encuesta reciente muestra que casi la mitad de los ciudadanos se opone a su nombramiento. Un porcentaje significativo considera que debería abandonar la política por completo. El rechazo es transversal y también aparece entre votantes que apoyan propuestas conservadoras.
El intento de moverlo al Ministerio de Medio Ambiente tampoco funcionó. El presidente no aceptó ese cambio. La negativa revela que el problema no es la cartera, sino la persona. Las reservas institucionales sobre Filip Turek son más profundas que un simple desacuerdo administrativo.
Expertos en derecho constitucional lo han explicado sin rodeos. La presidencia puede objetar a un candidato cuando existen dudas que afecten al interés del Estado. Esas dudas pueden basarse en información no pública, evaluaciones de seguridad o informes internos. Es posible que ese sea el caso.
La coalición desafía al presidente y rompe la norma institucional
La situación abre una tensión real entre el poder ejecutivo y el jefe de Estado. Una coalición que intenta blindar a uno de sus miembros frente a un presidente que no quiere asumir el costo de legitimar a un político con un historial controvertido. Para el sistema político checo, este choque es poco habitual.
El contexto se complica aún más con la figura de Petr Macinka. Turek y Macinka llevan años como dupla política y mediática. El propio Macinka fue quien sostuvo durante semanas que Turek debía ocupar el Ministerio de Exteriores “por principios”. Esa postura inamovible no se basaba en capacidad diplomática, sino en un pulso público con el presidente. El bloqueo obligó a la coalición a improvisar: intercambiar nombres y cambiar carteras sin un criterio técnico claro.
Cuando el sustituto genera más dudas que el nominado
El cambio de roles dejó al descubierto la realidad. Si Turek generaba dudas, Macinka generaba más. Su historial público incluye insultos a funcionarios, amenazas veladas a instituciones y un estilo de confrontación directa incompatible con Exteriores. Un ministro de Exteriores necesita estabilidad, control y credibilidad internacional. Macinka no encaja en ninguno de esos requisitos. Su presencia en la diplomacia checa sería vista como un riesgo para las relaciones bilaterales y para la seguridad del Estado.
El gobierno en pausa y un veto que marca límites
El Ministerio de Medio Ambiente tampoco es una alternativa segura. Esa cartera gestiona fondos europeos, regulaciones ambientales y cooperación transfronteriza. Un ministro con un historial de ataques a ONG, confrontación mediática y vínculos con redes extremistas pondría en riesgo la interlocución con Bruselas. La negativa presidencial subraya que la preocupación no es administrativa. Es estructural.
Las consecuencias son claras. La formación del nuevo gobierno se retrasa. La estabilidad futura depende de si la coalición decide mantener a Turek a toda costa o si acepta sustituirlo por otro miembro menos problemático. La presión social aumenta. Y el rechazo ciudadano complica cada movimiento.
La figura de Filip Turek se ha convertido en un test institucional. Su candidatura pone a prueba los límites del sistema. Mide hasta dónde puede llegar una coalición con perfiles radicalizados. Y demuestra que, incluso después de unas elecciones, el acceso al poder no es automático.
El presidente envió un mensaje contundente: no aceptará al nominado mientras existan dudas graves. Y nadie ha logrado disiparlas.
Turek sigue a la espera. Macinka presiona. La coalición insiste. La Presidencia mantiene su veto.
El conflicto continúa.
