“Checkpoint del régimen sirio en Damasco durante la etapa en que Eva Filipi era embajadora checa. Foto de Elizabeth Arrott (VOA), dominio público.”Puesto de control del régimen sirio en Damasco, 2012, durante los años en que Eva Filipi ejercía como embajadora checa en Siria. Foto de Elizabeth Arrott (VOA) / Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

Durante años, la diplomacia checa mantuvo una anomalía que hoy se intenta presentar como normal.

Eva Filipi, embajadora de la República Checa en Siria, permaneció en Damasco mientras Bashar al Asad convertía el país en una red de prisiones secretas, ciudades arrasadas y miles de personas gaseadas por su propio Estado.

Mientras toda la Unión Europea cerraba embajadas y retiraba a sus representantes, denunciaba públicamente los crímenes del régimen. Chequia se quedó sola en la capital del dictador. Decidió llamarlo “realismo”.

Ese realismo terminó recientemente en una escena que retrata todo. Una diplomática fue condecorada por un político extremista. Esta diplomática se ha convertido en símbolo de un país que prefiere premiar la obediencia. El país evita mirar de frente los hechos.

Cuando la embajada habló el idioma de Asad

Filipi dirigía la embajada en Siria desde 2010. La Primavera Árabe y la guerra civil estallaron. Todos los diplomáticos europeos se marcharon en protesta. Denunciaron las masacres y el uso sistemático de la tortura. Chequia no.

Y lo sorprendente no es que se quedara. Lo sorprendente es la justificación posterior. Filipi defendió durante años que Europa estaba “mal informada”. Desde dentro la realidad era otra. Además, el conflicto exigía una lectura distinta.

Esa lectura coincidía punto por punto con la línea que Asad y Moscú empujaban. La estrategia era relativizar los informes sobre crímenes de guerra. También cuestionaban la veracidad de las denuncias de la ONU. Además, presentaban el régimen como la única opción “estable”.

Blindarse ante la evidencia

A esa narrativa añadió algo más: desestimó repetidamente los informes de los servicios de inteligencia europeos. Incluido el BIS checo, que atribuían al régimen los ataques químicos y las desapariciones masivas. Los trató como exagerados, sesgados o insuficientes. Esto ocurrió a pesar de que varios mecanismos internacionales ya habían confirmado la responsabilidad directa del gobierno sirio.

“Parcial”

Mientras los informes internacionales documentaban fosas comunes, hospitales bombardeados, cárceles saturadas de civiles y miles de detenidos ejecutados a puerta cerrada, la embajadora checa aseguraba que la información disponible era “parcial”.

Esa palabra, repetida durante años, funcionó como muro. Si todo es parcial, nada es verificable. Si nada es verificable, no hay responsabilidad. Y si no hay responsabilidad, Asad se mantiene como interlocutor legítimo. La diplomática ayudó a sostener ese relato con un tono paternalista. Ella sugirió que Europa no entendía la región. También mencionó que sus decisiones eran “idealistas”.

Al final, el mensaje era inequívoco. El problema no era el dictador que gaseó a su población. El problema era la Unión Europea por no “adaptar” sus valores.

La “visión desde dentro” que blanqueó un exterminio

Los hechos son más tercos que las versiones. Mientras ella hablaba de “visión desde dentro”, Siria tenía uno de los sistemas de tortura más documentados del siglo XXI. Mientras defendía la necesidad de “entender la complejidad”, el régimen arrasaba Alepo barrio por barrio.

Decenas de miles de familias buscaban a sus desaparecidos. Mientras tanto, Filipi era citada en medios checos. Era considerada una voz autorizada que corregía a la comunidad internacional.

No lo decía abiertamente, pero su discurso servía para lo mismo: desactivar la presión sobre un gobierno acusado de exterminio.

El episodio final. La condecoración fue entregada por Petr Macinka, una figura vinculada a sectores ultranacionalistas. Este defensor apoya a políticos con historial abiertamente racista. Este no es un gesto aislado. Es la culminación lógica de su trayectoria. Una diplomática validó durante años la narrativa del régimen sirio. Ahora es reconocida por quienes suavizan, minimizan o justifican nuevas formas de autoritarismo en Europa Central. No hay azar en ese cruce. Quienes diluyen la violencia de hoy suelen identificarse con quienes hicieron lo mismo ayer.

El ejército digital que blanquea a Eva Filipi

Tampoco es casual que cualquier crítica pública a Filipi despierte una reacción feroz en redes checas. La defienden como si fuese un patrimonio nacional. Dicen que es “la única que entendía Oriente Medio”. Dicen que es “la que vio lo que otros no querían ver”. También es “la que salvó vidas durante la pandemia”. Ese es el escudo perfecto para no ver la otra mitad. Ella es la diplomática que permaneció en Damasco mientras el régimen entraba en una fase abiertamente criminal. Por acción o por silencio, ella ayudó a normalizarlo.

El registro que delata

No hace falta acusarla de lo que no se puede probar. Basta con enumerar lo que sí está documentado. Se quedó en el país cuando el resto de Europa rompió relaciones. Desacreditó informes internacionales sobre masacres. Promovió la idea de que la UE debía “adaptarse” al régimen. Sostuvo una narrativa funcional a un gobierno responsable de uno de los mayores crímenes de nuestro tiempo. Ese conjunto habla por sí solo.

Mirar hacia otro lado también es decisión

En Chequia, se entrega un premio a esa carrera diplomática como si fuera incuestionable. Sin embargo, es importante tener en cuenta lo esencial. Un premio no debe considerarse incuestionable. Un embajador no es neutral cuando el país donde trabaja ejecuta civiles en masa.

Y permanecer sin nombrar lo evidente también es una forma de tomar postura. La historia de Eva Filipi no es la de una diplomática que “entendía el terreno”. Es la historia de un Estado que eligió mirar hacia otro lado. Ahora celebra esa decisión como si fuese un mérito.

Lo que pretende Macinka

Él no está reconociendo a una diplomática, sino una forma de actuar. Filipi pasó años en Siria sin cuestionar nada. Aceptó la narrativa del régimen. Puso en duda informes que no admitían objeción. Ese estilo encaja con lo que Macinka busca promover. Es una diplomacia que se acomoda al poder. Esta diplomacia evita responsabilidades. Trata lo intolerable como si fuera parte del paisaje. Por eso la premia. No por sus méritos, sino por su actitud ante el régimen.La condecoración que le otorgó Macinka a esta diplomática revela cómo pretenden gobernar y con quiénes.

El premio de Asad

El régimen de Asad la premió primero. La reconoció en Damasco con una distinción que ningún embajador europeo habría aceptado en medio de un conflicto marcado por torturas, desapariciones y ataques químicos. Allí, aquel gesto no fue un detalle diplomático. Fue el sello de aprobación del dictador hacia Eva Filipi. Era la embajadora de la República Checa en Siria. Era una representante extranjera que nunca lo incomodó. Era un premio cargado de sentido político. Asad premiaba a quien le resultaba útil.

Y Filipi no solo lo aceptó. Lo hizo sin informar a su propio Ministerio. En aquel momento, el Ministerio no respaldaba ese reconocimiento ni tenía intención de avalarlo. El gobierno checo se enteró después, cuando el daño ya estaba hecho.

El premio de Macinka

Años después, en un contexto completamente distinto pero con la misma lógica, llega el premio de Macinka. No es un homenaje aislado, ni un capricho personal. Es la continuidad natural de una forma de ver el poder. Es la admiración por quien se acomoda al régimen de turno, sea cual sea. También se evita llamar las cosas por su nombre. Si el premio de Asad la coronaba como diplomática dócil ante un gobierno criminal, el de Macinka representa un cambio. La hace ser un referente simbólico de una nueva élite política. Esta nueva élite política desprecia la crítica y normaliza el autoritarismo.

Dos premios, una misma lealtad

Los dos premios no se parecen por casualidad. Responden al mismo patrón: premiar la sumisión presentada como “realismo”. Celebran la obediencia disfrazada de “pragmatismo”. Elevan como ejemplo a quien nunca contradijo al poder que tenía delante. En Siria, se calló ante un dictador. En Chequia, recibe aplausos de un político que admira la mano dura y desconfía abiertamente de la Unión Europea.

Un dictador y un extremista no se ponen de acuerdo en nada. Sin embargo, coinciden en una cosa: ambos valoran a quienes no cuestionan.

Por eso la condecoran. Por razones distintas en la superficie, pero idénticas en el fondo.

Lo que realmente significa

El gesto tiene consecuencias. Cuando un Estado blanquea a quien blanqueó a un régimen criminal, envía un mensaje claro. La violencia ajena es negociable. La responsabilidad propia también. La condecoración no cambia nada. Confirma que la diplomacia checa está dispuesta a convivir con lo inaceptable si el poder lo exige.

Por cronicasexilio

Journalist and human rights defender. Currently in exile in Europe, where I continue to denounce discrimination, racism, and the rise of neo-Nazism. In this space, I share chronicles, investigations, and reflections from the perspective of resistance.

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