Los hechos
El 8 de noviembre de 2025, antes de un partido de hockey en Hodonín, un grupo de aficionados del LHK Jestřábi Prostějov coreó:
“Mrtvola cikána plave po vodě” (“El cadáver del gitano flota en el agua”).
El cántico fue grabado y difundido en redes sociales. La policía declaró que está reuniendo grabaciones y materiales para determinar si el caso se procesará como infracción administrativa o delito penal.
Hasta la fecha, no se ha anunciado ninguna sanción ni imputación.
En 2023, el jugador romaní Dominik Lakatoš, entonces en el club Vítkovice, fue insultado con expresiones racistas durante un partido contra el Kometa Brno. El entrenador Miloš Holaň calificó los hechos como “por encima de la raya”, el club rival se disculpó, y la sanción fue solo una multa simbólica.
Dos años después, el patrón se repite.
Reacción del club
El club LHK Jestřábi Prostějov se desmarcó públicamente de los hechos.
“El club de hockey LHK Jestřábi Prostějov se desvincula de cualquier manifestación de racismo y considera inaceptable este tipo de comportamiento”, declaró su director ejecutivo, Martin Schmidt, en respuesta a una consulta de Romea.cz.
Añadió que el club no tiene autoridad directa sobre el comportamiento de los aficionados fuera del estadio.
Los estadios como espacio tomado
El hockey, como el fútbol, se ha convertido en un escenario donde grupos ultras y simpatizantes de extrema derecha imponen su presencia. No todos los hinchas son racistas, pero los violentos dominan el ambiente y deciden quién puede sentirse seguro y quién no.
En las imágenes del incidente se observa que la mayoría de los participantes llevan gorras y capuchas negras, ocultando parcialmente el rostro. Esta práctica es habitual en grupos ultras radicalizados que buscan evitar la identificación policial. La uniformidad en la vestimenta y el uso de elementos para cubrir la cara indican planificación previa y una clara intención de actuar como bloque organizado, no como un grupo espontáneo de aficionados.
Los clubes los toleran porque llenan las gradas y generan ingresos.
La policía los tolera porque los considera “previsibles”.
Los políticos los usan porque representan al votante nacionalista que ningún partido quiere incomodar.
El resultado es un espacio público controlado por grupos con ideología racista o neonazi, que se mueven impunemente bajo la etiqueta de “aficionados”. En este escenario, extranjeros y romaníes prefieren no entrar para evitar agresiones o humillaciones.
Doble rasero policial y social
La reacción policial ante los crímenes de odio sigue un patrón constante:
cuando el agresor es checo y blanco, la respuesta es “se está investigando”;
cuando el acusado es extranjero o romaní, la detención es inmediata.
Esta desigualdad no es un error, sino parte del funcionamiento real del sistema.
Las instituciones aplican la ley con diferente rigor según el origen de la persona involucrada.
El Estado repite declaraciones de “tolerancia cero”, pero en la práctica actúa de forma selectiva, y la impunidad se convierte en señal de aprobación tácita.
La advertencia de Jaroslav Miko
Tras el incidente de Hodonín, el activista romaní Jaroslav Miko publicó en Facebook un mensaje que resumió el deterioro actual:
“Esto no son los años noventa. Esto está ocurriendo esta semana.
Durante años he dicho que Andrej Babiš permitirá que los racistas y los nazis lleguen al poder.
Me decían que era solo ‘alarmismo de Miko’.Dije entonces que la sociedad es como el cuerpo de un pez: apesta siempre desde la cabeza.
Si al poder llegan sinvergüenzas, el racismo vuelve a salir a la calle.No lo digo para presumir, sino para pedir que toda persona decente condene en voz alta estos hechos.
Primero serán los romaníes, luego los ucranianos, y al final esto nos devorará a todos.”
Su mensaje fue compartido miles de veces y citado por Romea.cz como ejemplo del avance de la intolerancia tras las elecciones de 2025. Los informes del Ministerio del Interior confirman que los movimientos de extrema derecha usan eventos deportivos y culturales como espacios de propaganda y reclutamiento.
Conclusión: la normalización del odio
Los cánticos racistas en los estadios no son incidentes aislados.
Son el reflejo de una sociedad que se ha acostumbrado a ver el odio sin reaccionar.
La policía “investiga”, los clubes callan y los políticos evitan pronunciarse.
Esa pasividad legitima la violencia.
En la República Checa, los discursos racistas ya no provocan escándalo, sino debate.
Y cuando el racismo se discute en lugar de sancionarse, el siguiente paso es su aceptación.
Si las instituciones no aplican la ley de manera igual para todos, el país corre el riesgo de consolidar una segregación no declarada, donde unos ciudadanos gozan de derechos plenos y otros viven bajo sospecha permanente.
Un sistema así convierte el racismo en norma.
