Radim Fiala en un acto público en Praga, 2017.Radim Fiala, Praha 2017. Autor: David Sedlecký. Licencia CC BY-SA 4.0.

Radim Fiala, político del SPD y figura central del ala más abiertamente fascista de la política checa, no deja de activar el miedo a la migración y a otras etnias. Lo hace mediante carteles que llaman explícitamente al odio por raza, religión y color de piel. Ningún órgano de justicia lo lleva a juicio por ello. Sus campañas aparecen una y otra vez con la misma fórmula. Un rostro de piel oscura presentado como amenaza. Un texto que vincula extranjería con crimen. Y un mensaje final que señala a los extranjeros como el origen de todos los problemas del país.

Odio hacia un país que no es el suyo

Fiala no necesita datos ni estadísticas para sostener su discurso. Le basta una imagen diseñada para provocar rechazo automático. Habla de Alemania, de Siria, de “peligros islámicos”, pero su objetivo está aquí. En un país donde casi no hay población musulmana, utiliza figuras árabes ficticias para dirigir el miedo social.En Chequia casi no hay población musulmana. Aun así, Fiala usa figuras árabes ficticias para activar el miedo. Ese temor no queda en la pantalla. Se dirige contra quienes sí viven aquí. Extranjeros de piel más oscura. Minorías étnicas. Solicitantes de asilo. Jóvenes romaníes. Trabajadores latinoamericanos o africanos.

Son personas comunes. Gente que cualquiera encuentra en el tranvía o en el supermercado. Pero terminan convertidos en blanco de un temor fabricado desde arriba.

La política checa convive con estos carteles como si fueran publicidad ordinaria. Se difunden en redes, en perfiles oficiales y, en momentos de campaña, en estaciones y plazas. No se investigan ni se retiran. No generan responsabilidad legal.Y mientras esa propaganda se repite, el efecto es siempre el mismo. Los ataques físicos y verbales no van hacia el “enemigo” inventado. Recaen sobre personas extranjeras reales. Gente que no tiene ninguna relación con la figura imaginaria que Fiala fabrica cada día.

Encuesta esclarecedora

Según una encuesta del instituto STEM realizada en junio de 2025, la mayoría de los checos considera la migración un peligro real.Sin embargo, las cifras demográficas no confirman ese temor. El estudio muestra algo evidente: este miedo no nace de hechos. Se origina en discursos políticos repetidos durante años. Discursos que asocian extranjería con amenaza.

Los responsables son siempre los mismos. Partidos como el SPD, ANO y sus satélites. Todos han convertido la figura del “extranjero peligroso” en el eje de su estrategia electoral.

La encuesta revela que la preocupación por la “migración ilegal” se sitúa entre las amenazas más altas del país. Está por encima del desempleo, la sequía o los ciberataques. Ocurre en un país donde la población musulmana no llega al 0,1 %.

Aquí no existe terrorismo islámico. Tampoco hay rutas migratorias relevantes.El peligro no está en la realidad, sino en la repetición diaria del mensaje. Esa repetición ha creado un reflejo automático: parte del público ya no analiza, solo reacciona.

Lo más alarmante es que este clima no se queda en lo simbólico. La percepción pública ya se ha convertido en conducta. Tras los carteles xenófobos de Okamura y Fiala en Praga, aumentaron los ataques por odio racial. Las agresiones verbales y físicas recaen siempre sobre los extranjeros que sí viven aquí. Afectan a refugiados legales, a trabajadores migrantes y a estudiantes. Afectan también a familias romaníes y a personas de piel oscura. Son ellos quienes cargan con el miedo que otros fabrican.

Entre hipotecas e invasores fantasmas

Los carteles de Radim Fiala siguen siempre el mismo patrón visual. Coloca a checos de la mayoría con expresiones tristes, preocupados por hipotecas impagables o precios de vivienda inalcanzables. Rostros blancos, cansados, mirando al suelo o al vacío. Esa es la primera imagen: el ciudadano “decente” que sufre.

Justo al lado, coloca fotos de hombres árabes armados con cuchillos. Muestran gestos agresivos, aparecen cargados de dinero o con cuchillos en la mano.Un contraste construido con precisión: pobreza checa frente a amenaza extranjera.

Ese montaje no es casual. Fiala necesita que el público asocie la angustia económica con un supuesto “invasor árabe”. Ese invasor ni siquiera vive aquí.

La narrativa se instala en un segundo.Si los checos no tienen hipoteca, la culpa debe recaer en un grupo externo. Si los jóvenes no acceden a la vivienda, también.

Y si la vida es más cara, igual.Ese grupo es presentado siempre con piel más oscura, con símbolos islámicos y con objetos que transmiten violencia. Una combinación diseñada para disparar instintos primarios, no razonamientos.

El resultado es inmediato. La imagen del “checo endeudado y triste” deja de ser un problema interno. Se transforma en un problema étnico. Es un mensaje claro: la pobreza no proviene del mercado, de los bancos ni de las leyes. Tampoco de las decisiones del propio Estado. Surge, según esa narrativa, de extranjeros imaginarios que absorberían recursos y amenazarían la estabilidad. No aparece ninguna cifra de Chequia, porque no existe ninguna cifra que sostenga esa relación. Fiala solo necesita la impresión visual. Y la impresión es más potente que cualquier dato real.

Estratega del miedo

Radim Fiala lleva casi dos décadas moviéndose entre partidos de derecha. Terminó instalado en el SPD, el espacio donde su discurso tiene más eco.

Allí se convirtió en uno de los estrategas del miedo.No tiene una trayectoria marcada por logros legislativos ni por propuestas sociales. Su capital político viene de otro sitio. Proviene de repetir, año tras año, que el país está en peligro por culpa de los extranjeros. Ese ha sido siempre su terreno.

Identidad como frontera racial

Su carrera pública está construida sobre una misma idea: que la identidad checa debe protegerse de influencias externas. Bajo esa consigna coloca siempre a los mismos enemigos. Migrantes. Romaníes. Extranjeros de piel más oscura. Cualquier persona que no encaje en la mayoría. Cada intervención suya gira en torno al mismo eje. Da igual si habla de economía, vivienda, seguridad o política europea. Todo termina reducido al mismo mensaje: “los extranjeros nos cuestan, nos amenazan, nos cambian”.

El arquitecto del odio

Dentro del SPD Fiala ocupa un espacio clave. Es quien articula la línea más dura, la que exige tolerancia cero y medidas punitivas. El que empuja la retórica de crisis permanente, aunque no haya ninguna crisis migratoria real. Y es también quien marca el tono agresivo del partido en redes sociales.

Sus publicaciones alcanzan a miles de personas cada día. En la práctica, Fiala se ha convertido en uno de los principales fabricantes de miedo del país. Lo hace sin frenos institucionales y sin responsabilidad jurídica. La propaganda ya ha tenido efectos visibles en el clima social.

Estimulación al odio

Los comentarios bajo cada publicación de Radim Fiala revelan un patrón que se ha vuelto predecible. Cada cartel de miedo genera la reacción exacta que busca. Produce la confirmación pública de que el “enemigo” son los extranjeros no blancos.

Sus seguidores no discuten políticas ni datos, solo reproducen el mensaje central del político con una naturalidad que asusta. Algunos piden que el gobierno checo copie a Hungría y escriba en la Constitución la expulsión de inmigrantes. Otros celebran que “multikulti fue el peor error de Europa” y que “nunca funcionará”.

Los más agresivos exigen que quien no encaje “vuelva al país de donde vino”. Lo dicen aunque el cartel ni siquiera hable de gente que vive en Chequia. Las frases, breves y casi automáticas, dejan claro que no están opinando. Solo están respondiendo al estímulo exacto que Fiala les coloca delante de los ojos.

Reflejo condicionado del odio

Lo que aparece en estos hilos no es debate político, es una cadena emocional cuidadosamente construida. El político publica una imagen de un hombre árabe sosteniendo un cuchillo; abajo, cientos de reacciones celebran la deportación masiva.

Publica a una mujer con niqab; aparecen voces que dicen que nunca debió permitirse su existencia.

Escribe que Alemania “cierra mercados por terrorismo islámico”; salen decenas advirtiendo que Chequia debe “evitar convertirse en Europa Occidental”.

Y cuando algún ciudadano moderado intenta cuestionar la manipulación, lo ridiculizan. Le dicen que “la gente como tú se deja ablandar por los progres” o que “así los manipulan mejor”.

El mensaje de Fiala no necesita demostración. Se apoya en imágenes diseñadas para activar un miedo racial básico.Aunque hable de Alemania, los checos reaccionan como si la amenaza estuviera aquí, en su propio barrio.

Democracia representativa

Todo esto ocurre en un país que se presenta como una democracia consolidada.Un país que permite que políticos como Radim Fiala construyan poder difundiendo miedo racial no es una democracia plena. Es una democracia solo representativa, administrativa y funcional para quienes mandan.

Donde se estigmatiza a minorías y se señala a cuerpos no blancos como amenaza sin que pase nada. En una democracia real, las instituciones actuarían.

Aquí miran hacia otro lado mientras el odio se normaliza como discurso político legítimo. Los carteles son peligrosos porque generan miedo y hostilidad basados en la raza. Pero el peligro central es otro: un sistema que permite que políticos jueguen a ser dioses. Un sistema que lo tolera, lo absorbe y lo convierte en parte de la vida pública sin consecuencias.

Por cronicasexilio

Journalist and human rights defender. Currently in exile in Europe, where I continue to denounce discrimination, racism, and the rise of neo-Nazism. In this space, I share chronicles, investigations, and reflections from the perspective of resistance.

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